El despertador sonó con la estridente música del grupo La Galaxia Perdida. Rush se levantó de la cama con una pirueta demasiado complicada para una persona discapacitada como él, pero gracias a sus robóticas piernas diseñadas y construidas por él mismo, Rush era capaz de eso y mucho más. Durante la última batalla acontecida entre 506 y 648, las dos estaciones más tecnológicamente desarrolladas del planeta Hyx41, Rush, había perdido sus dos piernas. Sim embargo, este hecho no acabó con sus proyectos acerca de la invención de una nueva máquina que, en caso de que un nuevo ataque por parte de sus vecinos fuera llevado a cabo, le permitiría teletransportarse a cualquier otro punto del espacio.
Meses atrás, tras muchas horas de investigación, sus esfuerzos habían dado sus primeros frutos y consiguió crear un artefacto que le permitía viajar a través del espacio hasta un punto situado en un radio de 20 kiloastros. Fue entonces, cuando la estación 648 comenzó con la agresión constante mediante el lanzamiento de proyectiles láser contra la base iónica 506. Rush, que en esos momentos se encontraba allí en su puesto de trabajo como cada día, recibió el impacto de uno de esos disparos dejándole ambas piernas mutiladas. Después de pasar varias semanas en la base hospitalaria, fue enviado a casa montado en un platillo para gente con problemas de movilidad dirigido por control remoto. Desde ese momento y ante el hecho de que había sido suspendido de su puesto de trabajo por no poder caminar, su principal motivo de estudio fue crearse unas nuevas piernas robotizadas. Montado en su disco volante, se dirigía de un lado a otro de la mesa de su taller apretando tornillos y tuercas. Finalmente, no solo consiguió su objetivo, sino que fabricadas con el acero más resistente de toda la galaxia, sus nuevas piernas le permitían tanto andar como dar impresionantes saltos para desplazarse de un sitio a otro sin necesidad de andar gracias a los elásticos muelles a propulsión que las componían. No fue hasta que tuvo terminados sus nuevos miembros inferiores que no prosiguió con sus investigaciones anteriores.
Eran las MasOx de la mañana (las seis de la madrugada en nuestro planeta). Sin perder más tiempo, Rush se dirigió al sótano de la casa o lo que él consideraba su centro de investigación. Por detrás de su cabeza, volaba una bandeja motorizada portando un copioso desayuno a base de huevos, bacon y zumo.
Una pantalla central mostraba el plano completo del proyecto en el que estaba trabajando, el cual estaba situado al lado derecho de la mesa. Compuesto por un montón de placas y tubos, el invento parecía un aparato de televisión tumbado boca arriba más que otra cosa. Parecía increíble que semejante trasto fuese capaz ni siquiera de teletransportar una mosca pero lo cierto era que Rush se encontraba muy cerca de encontrar la clave final para transportar tanto a sí mismo como a toda su casa con él en caso de que fuese necesario.
TaoOx (8 de la tarde). Lo tenía. No podía entender cómo no se había dado cuenta antes. Al rayo de protones que incidía sobre la columna de iones de
gammacita, había que aplicarle una fuerza electrónica alfa para que las partículas atómicas libres, quedasen atrapadas en una red de luz anodial. De esta forma, conseguía que toda su casa y todo lo que se encontraba en su interior fuese sometido a una absorción molecular céntrica y viajase a través del espacio a cualquier otra parte lejos de allí. Rush no podía esperar a probar su nueva creación ya que estaba plenamente convencido de que funcionaría. Sin embargo, ese momento no llegó. El ruido de las señales de alarma de la estación comenzó a sonar al mismo tiempo que las luces de emergencia de todas las bases llenaban todo de colores anaranjados; 684 atacaba de nuevo.
Armado con su pistola de fotones, Rush salió por la puerta de su casa para hacer frente al enemigo. Un vistazo a su alrededor le bastó para observar que todos sus vecinos se encontraban a las puertas de sus respectivos hogares armados de la misma forma que él, y una mirada hacia arriba, le valió para comprobar con orgullo que en la base iónica, los guardias se preparaban para sacar el arma secreta que Rush había terminado de construir justo el día en el que fue herido tan gravemente y que debido a la falta de pruebas y preparación, no había podido ser utilizada en la batalla. Nadie en toda la estación conocía la existencia de este potente cañón excepto los guardias y el Jefe Supremo.
Las naves enemigas, disparaban sin parar sus rayos contra la pantalla que circundaba a 506. El primer lanzamiento del cañón, impactó a una de las naves directamente, pasando a través de esta capa protectora sin hacerle ni un solo rasguño en la superficie. Gritos de júbilo, se escucharon tras ver como el primer atacante enemigo caía al vacío. Los pilotos enemigos, al ver que al atacar frontalmente una a una sus naves iban cayendo, fueron desplazándose hacia los lados para atacar desde otros ángulos. Pronto 506 quedó completamente rodeada, pero lo que no se imaginaban los invasores fue lo que vino después. Los guardias que manipulaban la potente arma, sacaron el tubo central del mismo dejando al descubierto dos círculos de mini cañones dispuestos paralelamente preparados para apuntar a todas y cada una de las direcciones. Girando la ruleta a la máxima potencia y tras el aviso de que todo el mundo se metiese en sus casas para protegerse, potentes rayos fotortricos intermitentes, comenzaron a salir hacia todas partes.
Rush se metió en casa dando un portazo para evitar ser alcanzado por algún proyectil perdido. Pronto el ruido cesó. La impaciencia pudo con él y dando un pequeño salto, se precipitó hacia la puerta. Una pequeña explosión que hizo añicos la entrada de su casa le hizo corregir el salto en mitad del aire y retroceder. Frente a él, se encontraba la M648, tripulada por el Jefe Supremo de la estación atacante. Llegaron a sus oídos, los gritos de sus vecinos, como si nadie se hubiera dado cuenta de lo que estaba ocurriendo en su vivienda. Con una sonrisa llena de dientes desperfectos en una cara ovalada, su adversario saboreaba la victoria inminente frente a él mientras el sonido hueco de su voz se escuchaba en su mente. “Ríndete, estás acabado. Tú has sido el único culpable de todo con tus inventos y tu brillante cerebro. Si tú fueses nuestro, los habitantes de 506 no sufrirían nuestros ataques. Ahora todos saben que si te entregan, nuestros pactos de paz jamás se romperán.” Y para corroborar estas palabras, la placa en la que su casa se mantenía flotando comenzó a temblar.
¿Era posible que los que intentaban derribar su casa fuesen los propios guardias disparando el cañón contra él? Simplemente no podía creerlo. Recordando que aún portaba su pistola de fotones, apretó el botón que permitía descargar toda la carga en un único y potente disparo para conseguir un par de minutos extra contra su oponente alejándolo lo máximo posible de la puerta, ahora ya destrozada, de su morada. Seguidamente, de un magnífico salto, se propulsó hasta el sótano y una vez allí se dirigió a la ventana para comprobar con sus ojos lo que su mente se negaba a creer. Indudablemente ahí tenía la prueba. Su propio invento utilizado contra él y toda la población dispuesta ahora en su contra, dirigiéndose hacia su casa pistola en mano, añadida a las naves atacantes que gracias a la ayuda de los guardias, habían sobrepasado la cúpula de protección de la estación. No había tiempo para más dubitación. Con un último impulso, se situó sobre aquél objeto que parecía un extraño televisor y accionando la palanca con una de sus piernas robóticas, activó el mecanismo.
Una serie de reacciones en cadena se sucedieron a continuación mientras él y su casa se hacían cada vez más pequeños durante unos segundos que a él se le hicieron eternos. Finalmente la última partícula fue absorbida y luego aquel ingenioso aparato desapareció.
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La cabeza le dolía horriblemente. Se encontraba tumbado sobre el suelo de su casa con el teletransportador a su lado. Un olor extraño le llegó hasta la nariz. No sabía dónde se encontraba pero tenía la certeza de que ya no estaba en 506. Se acercó a la ventana en la que minutos antes, la sobrecogedora visión de sus vecinos volviéndose en su contra le había dejado tan consternado. Por los cristales solo se veía una gran extensión de agua sin fin. Con pasos lentos, se dirigió al lugar que antes era el recibidor de su casa ahora sin puerta. La visión lo impactó, todo a su alrededor era agua. A lo lejos podía distinguir un ligero cambio de color que pasaba del azul del agua a un indescriptible tono marrón que jamás podría decir a qué se debía.
De pronto, un escandaloso sonido lo puso en alerta. Preparó su pistola, ahora ya a medio cargar, para disparar contra lo que fuera que se dirigía contra él. El sonido aumentaba de volumen cuanto más se acercaba pero Rush giraba la cabeza de un lado a otro y no conseguía ver nada. No fue hasta que lentamente algo entró en su campo de visión, que no divisó un extraño animal volador con una cola alargada y ondeando en el aire. Sin embargo lo raro no fue que aquel ser con vida propia usase un motor, sino que en su cola había unas letras escritas que decían:
“BIENVENIDO A IBIZA”
Ana Capitán
Taller de Literatura
lunes, 9 de marzo de 2015
viernes, 6 de marzo de 2015
El retrato
Desde pequeña siempre había visto su fotografía en el aparador del salón.
Mi abuela tenía un gusto muy extraño para las cosas, le gustaba todo muy brillante, y, si en su nacimiento el objeto en cuestión era mate, ella le untaba unos aceites aromáticos para luego admirar su relucir. El aparador no podía ser menos, de madera anaranjada y bien pulida, resbaloso y muy fulgente, con las patas arqueadas terminadas en una especie de garra.
La fotografía era el retrato de un hombre, parece ser un hijo que murió, nunca me contaron bien la historia, como si fuese algo horrible y doloroso que mejor no quitarle el polvo, solo sabía que el tio Eduardo era el señor del retrato, con ojos muy grandes que parecían vigilarlo todo, y sonriente, muy sonriente, recuerdo que mi padre en nuestra casa le decía, el orate.
De pequeña me asustaba mirarla porque parecía como si me siguiese con la vista, asi que evitaba hacerlo.
Aquella tarde yo no tenía ganas de ir a visitarla pero mi madre me obligó.
-Pero mamá, ya es casi de noche, es invierno cerrado y frío... no creo que tengas tanta necesidad de que vaya, puedo ir mañana.
-No, ha dicho que vayas hoy.
Cuando llegué, lo primero que me extraño, más que la sonrisa de mi abuela, fue que la fotografía no estaba sobre el viejo aparador.
Mi abuela era una mujer muy seria, su mirada pocas veces se fijaba en los ojos de los demás, era como si tuviese el firme convencimiento que mantener una mirada fijamente, pudiera robarle el alma. Que al llegar me sonriera tanto, mostrándome su premolar de oro y su mirada tan penetrante, me erizó el vello.
-Pasa, pasa, llevaba mucho tiempo esperando este día.
Mis piernas no querían avanzar, la sibila que hay en mí, me avisaba de que no era sensato. Un triste vagido me rondaba la mente.
Mi abuela me pasó el brazo por el hombro y me arrastró al interior.
-¿Qué-qué pasa abuela? -balbuceé.
-He preparado una cena para las dos, hoy dormirás aquí y descubrirás el secreto mejor guardado de la familia.
Me hablaba con los brazos extendidos en cruz, las palmas de las manos hacia arriba como si fuese la primera actriz de una obra de Shakespeare. Tenía los ojos abiertos de par en par, las pupilas muy dilatadas, se había soltado el pelo y le caía grisáceo y ondulado sobre los hombros.
No entendía nada de lo que estaba ocurriendo allí, la expresión de la abuela cada vez era mas extraña, los ojos abuhados, el rostro cetrino.
Se me acercó con una taza humeante en la mano.
-Bebe, ratita.
-¿Qué es?- pregunté reticente.
-Es alma líquida, el alma de tu tío- me respondió con un tono de voz rauco.
La respuesta me sobresaltó y reculando me topé con el sofá, brillante como todo lo de esa casa y resbaladizo, haciéndome caer encima de él.
-¡Pero qué dices abuela, yo no quiero beber de eso!
-No te queda otro remedio, es la única manera de que mi hijo siga vivo. Yo estoy enferma, en breve pereceré y él vive en mí. Su retrato guarda su alma y cada noche se apodera de mi cuerpo para estar entre nosotros. En pocos minutos le verás a él y yo estaré en el retrato- me gritaba señalando hacia la fotografía tirada en la mecedora.
Mi mirada siguió su dedo, efectivamente allí estaba. Un grito agudo e involuntario me desencajó la mandíbula cuando vi que en el retrato ahora estaba la cara de mi abuela.
Un ser blanco y ojeroso se me acercaba riéndose a carcajadas con ojos desorbitados.
-Bébelo, eres la elegida, esta poderosa magia se salta una generación, la de tus padres, tienes que hacerlo, eres mi familia.
Tenía el cuerpo paralizado, no entendía nada. De pronto, la casa pasó a un segundo plano, todo se volvió turbio y empezaron a pasar imágenes aparentemente del pasado.
Vi a mi abuela muy joven, con una sonrisa preciosa y unos ojos brillantes, a mi madre jugando con muñecas de trapo en el suelo y le vi a él, Eduardo, tendría unos 20 años, entraba en la casa ensangrentado, fuera de sí. Mi abuela asustada le preguntaba por lo ocurrido.
"-La he matado, me lo decían las voces, mátala, mátala... la he matado"- repetía.
Como en un sueño, en mis manos apareció un periódico de la época. "Se ha hallado el cuerpo descuartizado de una joven, el corazón no se encuentra por ningún lado, se piensa que puede ser el novio de la chica que está desaparecido."
Siguieron sucediendo imágenes pasadas en el salón, mi tío Eduardo cogió un cuchillo de un cajón del brillante aparador y se lo clavó en el pecho, mi abuela, entre gritos, abrió una puerta y saco un frasco violeta y se lo dio de beber, tras varios estertores quedó muerto en el suelo. Luego, como si miles de druidas entonaran su cántico, oí:
"Yo soy el cielo protector,
yo soy el círculo del fuego,
madre Tierra, guarda el alma líquida,
como bálsamo de inmortalidad
del amor que siento,
que mi linaje perdure en el tiempo."
Un vapor rosado salió de la boca de mi tío y vino a encerrarse en el frasco violeta.
Desperté de mi alucinación con el sabor amargo del contenido de la taza. Dando cabezadas miré a mi alrededor, la abuela yacía en el suelo... miré a la mecedora...
¡No! en la fotografía estaba mi retrato.
Yolanda Cárdenas Romero
La criatura
El ruido de pasos le sacó del terrible sufrimiento. El cuerpo le ardía y había notado como cada uno de sus huesos se fracturaba. Sentía frío pero un ansia mayor se apoderaba de su cuerpo, era hambre.
Un hambre que le desgarraba las entrañas de la misma forma que un huracán arrancaba todo a su paso. Estaba tumbado de modo que empujó hacia arriba para salir de allí y pronto escuchó el sonido de bisagras chirriando agudamente. Cuando se liberó de su prisión y salió a la oscuridad nocturna, todo se volvió de color rojo sangre.
Era invierno, y la noche estaba más que cerrada a las seis de la tarde en la ciudad de Londres. Como cada sábado desde el fatídico día del accidente, Lucía se encontraba en el cementerio de Highgate frente a la lápida de Sebastián.
Tras un largo suspiro, se agachó y procedió con la rutina de siempre, la cual consistía en recoger las flores marchitas del último sábado y colocar las brillantes y nuevas magnolias que ella había traído consigo. La disposición fue igual de meticulosa que de costumbre, dos flores a la derecha dos a la izquierda, cuatro a los pies de la tumba y una en el centro de ella.
Cuando finalizó su tarea con los delicados capullos, se incorporó y repitió también las mismas palabras de cada sexto día de la semana, unas palabras que según las escrituras que ella había encontrado enterradas en el fondo de un baúl que perteneció a su abuela, traerían de vuelta a su amor.
El silencio creció tras su última palabra pero nada ocurrió. Con un suspiro de derrota, Lucía se dio media vuelta y se dispuso a marcharse.
De pronto el sonido de un vagido a escasos metros de donde ella se encontraba la desconcertó. Giró su cabeza y miró a ambos lados, pero el cementerio estaba vacío.
Finalmente, tras unos segundos allí parada, decidió que su mente le estaba jugando malas pasadas y continuó andando. Pero de nuevo el llanto sonó y seguidamente un gruñido gutural que venía de algún lugar a su espalda, llenó todo a su alrededor.
Lucía se dio media vuelta y se quedó de piedra. Allí frente a ella una figura que no sabía si considerar como humana debido a sus formas grotescas, la miraba de forma psicótica.
Con expresión abuhada, Lucía no dejaba de mirar a aquél ser, que renqueante se dirigía hacia ella con pasos arrastrados, volteó la cabeza para mirar hacia el lugar dónde ella había depositado sus flores y gritó.
No se lo podía creer, la tumba de Sebastián estaba vacía, pero sin embargo, ese orate que la miraba con aspecto amenazador no podía ser él. El plañido que ella había creído escuchar no había sido más que el chirrido de las bisagras del ataúd al abrirse.
El sonido de su grito desesperado, provocó una siniestra sonrisa en la boca de esa masa de carne amorfa que se dirigía hacia ella. Sus dientes, parecían los dientes de un animal salvaje con todas sus puntas afiladas.
En ese momento supo lo que iba a ocurrir; iba a ser devorada por su propia fealdad.
Justo un segundo antes de recibir el primer mordisco y que la sangre brotase de su cuello como ríos de color bermellón, con una voz temblorosa repitió las palabras que minutos antes había dicho frente al mármol de la sepultura:
“Levántate y sé para mí lo que está en mi interior”
Tras devorarla ávidamente, la criatura se transformó en ella y con una sonrisa, salió del cementerio para continuar saciando su hambre canina.
Ana Capitán
Un hambre que le desgarraba las entrañas de la misma forma que un huracán arrancaba todo a su paso. Estaba tumbado de modo que empujó hacia arriba para salir de allí y pronto escuchó el sonido de bisagras chirriando agudamente. Cuando se liberó de su prisión y salió a la oscuridad nocturna, todo se volvió de color rojo sangre.
Era invierno, y la noche estaba más que cerrada a las seis de la tarde en la ciudad de Londres. Como cada sábado desde el fatídico día del accidente, Lucía se encontraba en el cementerio de Highgate frente a la lápida de Sebastián.
Tras un largo suspiro, se agachó y procedió con la rutina de siempre, la cual consistía en recoger las flores marchitas del último sábado y colocar las brillantes y nuevas magnolias que ella había traído consigo. La disposición fue igual de meticulosa que de costumbre, dos flores a la derecha dos a la izquierda, cuatro a los pies de la tumba y una en el centro de ella.
Cuando finalizó su tarea con los delicados capullos, se incorporó y repitió también las mismas palabras de cada sexto día de la semana, unas palabras que según las escrituras que ella había encontrado enterradas en el fondo de un baúl que perteneció a su abuela, traerían de vuelta a su amor.
El silencio creció tras su última palabra pero nada ocurrió. Con un suspiro de derrota, Lucía se dio media vuelta y se dispuso a marcharse.
De pronto el sonido de un vagido a escasos metros de donde ella se encontraba la desconcertó. Giró su cabeza y miró a ambos lados, pero el cementerio estaba vacío.
Finalmente, tras unos segundos allí parada, decidió que su mente le estaba jugando malas pasadas y continuó andando. Pero de nuevo el llanto sonó y seguidamente un gruñido gutural que venía de algún lugar a su espalda, llenó todo a su alrededor.
Lucía se dio media vuelta y se quedó de piedra. Allí frente a ella una figura que no sabía si considerar como humana debido a sus formas grotescas, la miraba de forma psicótica.
Con expresión abuhada, Lucía no dejaba de mirar a aquél ser, que renqueante se dirigía hacia ella con pasos arrastrados, volteó la cabeza para mirar hacia el lugar dónde ella había depositado sus flores y gritó.
No se lo podía creer, la tumba de Sebastián estaba vacía, pero sin embargo, ese orate que la miraba con aspecto amenazador no podía ser él. El plañido que ella había creído escuchar no había sido más que el chirrido de las bisagras del ataúd al abrirse.
El sonido de su grito desesperado, provocó una siniestra sonrisa en la boca de esa masa de carne amorfa que se dirigía hacia ella. Sus dientes, parecían los dientes de un animal salvaje con todas sus puntas afiladas.
En ese momento supo lo que iba a ocurrir; iba a ser devorada por su propia fealdad.
Justo un segundo antes de recibir el primer mordisco y que la sangre brotase de su cuello como ríos de color bermellón, con una voz temblorosa repitió las palabras que minutos antes había dicho frente al mármol de la sepultura:
“Levántate y sé para mí lo que está en mi interior”
Tras devorarla ávidamente, la criatura se transformó en ella y con una sonrisa, salió del cementerio para continuar saciando su hambre canina.
Ana Capitán
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