El ruido de pasos le sacó del terrible sufrimiento. El cuerpo le ardía y había notado como cada uno de sus huesos se fracturaba. Sentía frío pero un ansia mayor se apoderaba de su cuerpo, era hambre.
Un hambre que le desgarraba las entrañas de la misma forma que un huracán arrancaba todo a su paso. Estaba tumbado de modo que empujó hacia arriba para salir de allí y pronto escuchó el sonido de bisagras chirriando agudamente. Cuando se liberó de su prisión y salió a la oscuridad nocturna, todo se volvió de color rojo sangre.
Era invierno, y la noche estaba más que cerrada a las seis de la tarde en la ciudad de Londres. Como cada sábado desde el fatídico día del accidente, Lucía se encontraba en el cementerio de Highgate frente a la lápida de Sebastián.
Tras un largo suspiro, se agachó y procedió con la rutina de siempre, la cual consistía en recoger las flores marchitas del último sábado y colocar las brillantes y nuevas magnolias que ella había traído consigo. La disposición fue igual de meticulosa que de costumbre, dos flores a la derecha dos a la izquierda, cuatro a los pies de la tumba y una en el centro de ella.
Cuando finalizó su tarea con los delicados capullos, se incorporó y repitió también las mismas palabras de cada sexto día de la semana, unas palabras que según las escrituras que ella había encontrado enterradas en el fondo de un baúl que perteneció a su abuela, traerían de vuelta a su amor.
El silencio creció tras su última palabra pero nada ocurrió. Con un suspiro de derrota, Lucía se dio media vuelta y se dispuso a marcharse.
De pronto el sonido de un vagido a escasos metros de donde ella se encontraba la desconcertó. Giró su cabeza y miró a ambos lados, pero el cementerio estaba vacío.
Finalmente, tras unos segundos allí parada, decidió que su mente le estaba jugando malas pasadas y continuó andando. Pero de nuevo el llanto sonó y seguidamente un gruñido gutural que venía de algún lugar a su espalda, llenó todo a su alrededor.
Lucía se dio media vuelta y se quedó de piedra. Allí frente a ella una figura que no sabía si considerar como humana debido a sus formas grotescas, la miraba de forma psicótica.
Con expresión abuhada, Lucía no dejaba de mirar a aquél ser, que renqueante se dirigía hacia ella con pasos arrastrados, volteó la cabeza para mirar hacia el lugar dónde ella había depositado sus flores y gritó.
No se lo podía creer, la tumba de Sebastián estaba vacía, pero sin embargo, ese orate que la miraba con aspecto amenazador no podía ser él. El plañido que ella había creído escuchar no había sido más que el chirrido de las bisagras del ataúd al abrirse.
El sonido de su grito desesperado, provocó una siniestra sonrisa en la boca de esa masa de carne amorfa que se dirigía hacia ella. Sus dientes, parecían los dientes de un animal salvaje con todas sus puntas afiladas.
En ese momento supo lo que iba a ocurrir; iba a ser devorada por su propia fealdad.
Justo un segundo antes de recibir el primer mordisco y que la sangre brotase de su cuello como ríos de color bermellón, con una voz temblorosa repitió las palabras que minutos antes había dicho frente al mármol de la sepultura:
“Levántate y sé para mí lo que está en mi interior”
Tras devorarla ávidamente, la criatura se transformó en ella y con una sonrisa, salió del cementerio para continuar saciando su hambre canina.
Ana Capitán
He podido sentir al perrete infernal en mi nuca pedirme la pelota. Estoy con un vagido de la hostia. Asias :*
ResponderEliminarSigue así.