viernes, 6 de marzo de 2015

El retrato


Desde pequeña siempre había visto su fotografía en el aparador del salón.
Mi abuela tenía un gusto muy extraño para las cosas, le gustaba todo muy brillante, y, si en su nacimiento el objeto en cuestión era mate, ella le untaba unos aceites aromáticos para luego admirar su relucir. El aparador no podía ser menos, de madera anaranjada y bien pulida, resbaloso y muy fulgente, con las patas arqueadas terminadas en una especie de garra.
La fotografía era el retrato de un hombre, parece ser un hijo que murió, nunca me contaron bien la historia, como si fuese algo horrible y doloroso que mejor no quitarle el polvo, solo sabía que el tio Eduardo era el señor del retrato, con ojos muy grandes que parecían vigilarlo todo, y sonriente, muy sonriente, recuerdo que mi padre en nuestra casa le decía, el orate.
De pequeña me asustaba mirarla porque parecía como si me siguiese con la vista, asi que evitaba hacerlo.
Aquella tarde yo no tenía ganas de ir a visitarla pero mi madre me obligó.
 -Pero mamá, ya es casi de noche, es invierno cerrado y frío... no creo que tengas tanta necesidad de que vaya, puedo ir mañana.
 -No, ha dicho que vayas hoy.
Cuando llegué, lo primero que me extraño, más que la sonrisa de mi abuela, fue que la fotografía no estaba sobre el viejo aparador.
Mi abuela era una mujer muy seria, su mirada pocas veces se fijaba en los ojos de los demás, era como si tuviese el firme convencimiento que mantener una mirada fijamente, pudiera robarle el alma. Que al llegar me sonriera tanto, mostrándome su premolar de oro y su mirada tan penetrante, me erizó el vello.
-Pasa, pasa, llevaba mucho tiempo esperando este día.
Mis piernas no querían avanzar, la sibila que hay en mí,  me avisaba de que no era sensato. Un triste vagido me rondaba la mente.
Mi abuela me pasó el brazo por el hombro y me arrastró al interior.
-¿Qué-qué pasa abuela? -balbuceé.
-He preparado una cena para las dos, hoy dormirás aquí y descubrirás el secreto mejor guardado de la familia.
Me hablaba con los brazos extendidos en cruz, las palmas de las manos hacia arriba como si fuese la primera actriz de una obra de Shakespeare. Tenía los ojos abiertos de par en par, las pupilas muy dilatadas, se había soltado el pelo y le caía grisáceo y ondulado sobre los hombros.
No entendía nada de lo que estaba ocurriendo allí, la expresión de la abuela cada vez era mas extraña, los ojos abuhados, el rostro cetrino.
Se me acercó con una taza humeante en la mano.
-Bebe, ratita.
-¿Qué es?- pregunté reticente.
-Es alma líquida, el alma de tu tío- me respondió con un tono de voz rauco.
La respuesta me sobresaltó y reculando me topé con el sofá, brillante como todo lo de esa casa y resbaladizo, haciéndome caer encima de él.
-¡Pero qué dices abuela, yo no quiero beber de eso!
-No te queda otro remedio, es la única manera de que mi hijo siga vivo. Yo estoy enferma, en breve pereceré y él vive en mí. Su retrato guarda su alma y cada noche se apodera de mi cuerpo para estar entre nosotros. En pocos minutos le verás a él y yo estaré en el retrato- me gritaba señalando hacia la fotografía tirada en la mecedora.
Mi mirada siguió su dedo, efectivamente allí estaba. Un grito agudo e involuntario me desencajó la mandíbula cuando vi que en el retrato ahora estaba la cara de mi abuela.
Un ser blanco y ojeroso se me acercaba riéndose a carcajadas con ojos desorbitados.
-Bébelo, eres la elegida, esta poderosa magia se salta una generación, la de tus padres, tienes que hacerlo, eres mi familia.
Tenía el cuerpo paralizado, no entendía nada. De pronto, la casa pasó a un segundo plano, todo se volvió turbio y empezaron a pasar imágenes aparentemente del pasado.
Vi a mi abuela muy joven, con una sonrisa preciosa y unos ojos brillantes,   a mi madre jugando con muñecas de trapo en el suelo y le vi a él, Eduardo, tendría unos 20 años, entraba en la casa ensangrentado, fuera de sí. Mi abuela asustada le preguntaba por lo ocurrido.
"-La he matado, me lo decían las voces, mátala, mátala... la he matado"- repetía.
Como en un sueño, en mis manos apareció un periódico de la época. "Se ha hallado el cuerpo descuartizado de una joven, el corazón no se encuentra por ningún lado, se piensa que puede ser el novio de la chica que está desaparecido."
Siguieron sucediendo imágenes pasadas en el salón, mi tío Eduardo cogió un cuchillo de un cajón del brillante aparador y se lo clavó en el pecho, mi abuela, entre gritos, abrió una puerta y saco un frasco violeta y se lo dio de beber, tras varios estertores quedó muerto en el suelo. Luego, como si miles de druidas entonaran su cántico, oí:
"Yo soy el cielo protector,
yo soy el círculo del fuego,
madre Tierra, guarda el alma líquida,
como bálsamo de inmortalidad
del amor que siento,
que mi linaje perdure en el tiempo."

Un vapor rosado salió de la boca de mi tío y vino a encerrarse en el frasco violeta.
Desperté de mi alucinación con el sabor amargo del contenido de la taza. Dando cabezadas miré a  mi alrededor, la abuela yacía en el suelo... miré a la mecedora...
¡No! en la fotografía estaba mi retrato.
                                                                                                Yolanda Cárdenas Romero

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